la retraía congelada hacia su corazón. Su imaginería provenía de mundos que ningún mortal puede ver sino con la visión del genio. Partiendo de repente de una proposición, exacta y nítidamente definida, en términos de la más extrema simplicidad y claridad, rechazaba las formas de la lógica habitual y, mediante un proceso cristalino de acrecentamiento, edificaba sus demostraciones oculares en formas de la más sombría y macabra grandeza, o en las de la belleza más aérea y deliciosa, con tanta minuciosidad y distinción, y a la vez con tanta rapidez, que la atención que se le rendía quedaba encadenada hasta hallarse entre sus maravillosas creaciones, hasta que él mismo disolvía el hechizo y devolvía a sus oyentes a la existencia común y vil, mediante fantasías vulgares o muestras de la pasión más innoble. > “Era en todo momento un soñador que habitaba en reinos ideales en el cielo o en el infierno, poblados por las criaturas y los accidentes de su cerebro. Caminaba por las calles, en la locura o en la melancolía, con los labios moviéndose en maldiciones confusas, o con los ojos devotos en apasionada plegaria (nunca por sí mismo, pues sentía, o profesaba sentir, que ya estaba condenado, sino) por la felicidad de aquellos que en ese momento eran objeto de su idolatría; o con las miradas introvertidas hacia un corazón roído por la angustia, y con el rostro envuelto en penumbra, desafiaba las tormentas más salvajes, y toda la noche, con las ropas empapadas y los brazos golpeando contra el viento y la lluvia, hablaba como si los espíritus que solo en tales ocasiones podían ser evocados por él desde el Aidén, junto a cuyas puertas su alma turbada buscaba olvidar los males a los que su constitución lo sometía —junto al Aidén donde estaban
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La muerte de Edgar Allan Poe
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