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nydus/Short FictionPublic
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La muerte de Edgar Allan Poe

la retraía congelada hacia su corazón. Su imaginería provenía de mundos que ningún mortal puede ver sino con la visión del genio. Partiendo de repente de una proposición, exacta y nítidamente definida, en términos de la más extrema simplicidad y claridad, rechazaba las formas de la lógica habitual y, mediante un proceso cristalino de acrecentamiento, edificaba sus demostraciones oculares en formas de la más sombría y macabra grandeza, o en las de la belleza más aérea y deliciosa, con tanta minuciosidad y distinción, y a la vez con tanta rapidez, que la atención que se le rendía quedaba encadenada hasta hallarse entre sus maravillosas creaciones, hasta que él mismo disolvía el hechizo y devolvía a sus oyentes a la existencia común y vil, mediante fantasías vulgares o muestras de la pasión más innoble. > “Era en todo momento un soñador que habitaba en reinos ideales en el cielo o en el infierno, poblados por las criaturas y los accidentes de su cerebro. Caminaba por las calles, en la locura o en la melancolía, con los labios moviéndose en maldiciones confusas, o con los ojos devotos en apasionada plegaria (nunca por sí mismo, pues sentía, o profesaba sentir, que ya estaba condenado, sino) por la felicidad de aquellos que en ese momento eran objeto de su idolatría; o con las miradas introvertidas hacia un corazón roído por la angustia, y con el rostro envuelto en penumbra, desafiaba las tormentas más salvajes, y toda la noche, con las ropas empapadas y los brazos golpeando contra el viento y la lluvia, hablaba como si los espíritus que solo en tales ocasiones podían ser evocados por él desde el Aidén, junto a cuyas puertas su alma turbada buscaba olvidar los males a los que su constitución lo sometía —junto al Aidén donde estaban

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