decente, aunque bastante elaborado, del que nuestra propia ciudad fue teatro no hace mucho tiempo, y que fue repetido con éxito posteriormente en otras localidades aún más verdes de la Unión. Un caballero de mediana edad llega a la ciudad procedente de partes desconocidas. Es sumamente preciso, cauto, serio y deliberado en su comportamiento. Su vestido es escrupulosamente pulcro, pero sencillo, sin ostentación. Lleva una corbata blanca, un chaleco amplio, confeccionado pensando únicamente en la comodidad; zapatos de suela gruesa de aspecto acogedor, y pantalones sin trabillas. Tiene en realidad todo el aire de un hombre de negocios respetable, estirado, exacto y acomodado por excelencia —uno de esos tipos severos y exteriormente duros, pero blandos por dentro, que vemos en las comedias de alta sociedad—, sujetos cuyas palabras son otros tantos bonos, y que se destacan por regalar guineas en actos de caridad con una mano, mientras que, en el terreno de la mera transacción, exigen hasta el último céntimo de un cuarto de farthing con la otra.
Arma un gran alboroto antes de poder conseguir una pensión adecuada. No le gustan los niños. Está acostumbrado a la tranquilidad. Sus hábitos son metódicos; y además preferiría entrar en una familia pequeña, privada y respetuosa, de inclinaciones piadosas. El precio, sin embargo, no es un obstáculo; solo que debe insistir en liquidar su cuenta el primero de cada mes (ahora es el día dos) y ruega a su dueña de casa, cuando finalmente consiga una de su agrado, que bajo ningún concepto olvide sus instrucciones sobre este punto, sino que le envíe la cuenta, con su recibo, exactamente a las diez en punto, el primer día de cada mes, y que bajo ninguna circunstancia lo posponga para el dos.
Hechas estas disposiciones, nuestro hombre de negocios alquila un despacho en un barrio más bien respetable que elegante de la ciudad. No hay nada que desprecie más que la pretensión. > «Donde hay mucha fachada —dice—, rara vez hay algo muy sólido detrás», una observación que impresiona