Aun así, me consolaba con la reflexión de que la marea de la mala suerte no correría en mi contra para siempre, y así decidí lanzarme audazmente en busca de información al salón de esa encantadora mujercita, la graciosa señora Pirouette.
“¡Smith! —dijo la señora P., mientras dábamos vueltas juntos en un pas de zephyr—, ¡Smith! —¿por qué no el general John A. B. C.? ¡Terrible asunto aquel de los Bugaboo, verdad?, ¡terribles criaturas esos indios! —¡saca las puntas de los pies, por favor! Me das vergüenza —¡hombre de gran valor, el pobre!, pero esta es una época maravillosa para la invención —¡ay, Dios mío, estoy sin aliento— todo un desperado —¡prodigios de valor! —¡nunca se oyó tal cosa! —¡no puedo creerlo! —¡tendré que sentarme e ilustrarte —¡Smith!, ¡vaya, es el hombre...—”
—¡Man-Fred, te lo digo! —batió aquí las palmas la señorita Bas-Bleu, mientras yo conducía a la señora Pirouette a un asiento—. ¿Se ha oído jamás cosa igual? ¡Es Man-Fred, digo yo, y de ningún modo, bajo ningún concepto, Man-Friday!
Aquí la señorita Bas-Bleu me hizo señas de manera muy imperativa; y me vi obligado, quiera o no, a dejar a la señora P. con el fin de decidir una disputa referente al título de cierto drama poético de lord Byron. Aunque pronuncié, con gran prontitud, que el verdadero título era Man-Friday, y de ningún modo Man-Fred, sin embargo, cuando volví en busca de la señora Pirouette, no había rastro de ella, y hube de retirarme de la casa con un espíritu muy amargo de animosidad contra toda la raza de los Bas-Bleu.
Los asuntos habían adquirido ya un aspecto verdaderamente grave, y resolví ir a ver sin pérdida de tiempo a mi particular amigo, el señor Theodore Sinivate; pues sabía que allí, al menos, obtendría algo parecido a información concreta.