ignoratio elenchi; es decir, ha entendido las palabras de tu proposición, pero no la idea. El hombre era un tonto, ya ves. Algún pobre infeliz al que te diriges mientras te ahogas con ese hueso de pollo, y que por lo tanto no entendió con exactitud de qué estabas hablando. Arrójale el ignoratio elenchi a la cara y, de inmediato, lo habrás aniquilado. Si se atreve a replicar, puedes decirle de parte de Lucano (aquí está) que los discursos son meras anemonae verborum, palabras anémona. La anémona, con gran brillantez, carece de olor. O, si empieza a fanfarronear, puedes caerle encima con insomnia Jovis, ensueños de Júpiter, una frase que Silio Itálico (¡mira aquí!) aplica a los pensamientos pomposos e inflados. Esto sin duda le atravesará el corazón. No podrá hacer otra cosa que darse la vuelta y morir. ¿Tendrás la amabilidad de escribir?
En griego debemos tener algo bonito—de Demóstenes, por ejemplo. Ανερ ο φευγων και παλιν μαχεσεται. Hay una traducción bastante buena en Hudibras—
«Pues quien huye puede volver a luchar, cosa que jamás podrá hacer el que ha caído muerto».
«En un artículo del Blackwood nada luce tan bien como el griego. Las letras mismas tienen un aire de profundidá sobre ellas. Fíjese usted solamente, señora, ¡en la mirada astuta de esa Epsilon! ¡Esa Phi debería ser obispo sin duda! ¿Hubo jamás tipo más listo que esa Omicron? ¡Échele un vistazo a esa Tau! En suma, no hay nada como el griego para un artículo de pura sensación.
En el presente caso vuestra aplicación es lo más obvio del mundo. Suelte la frase, con un gran juramento, y a guisa de ultimátum al bellaco cabeza decorcho y bueno para nada que no pudo entender su claro inglés con relación al hueso de pollo. Él captará la indirecta y se largará, puede usted depender de ello».