pequeñas y grandes, aunque conservando todo el tiempo la cara más seria del mundo. Realmente no lograba decidir si darle una patada o sentir pena por él. Al fin, habiendo cruzado casi todo el puente, nos aproximamos al final del sendero peatonal, cuando nuestro avance se vio impedido por un torniquete de cierta altura. Pasé a través de este tranquilamente, empujándolo como de costumbre. Pero este giro no le servía al propósito del señor Dammit. Él insistía en saltar el torniquete y decía que podía hacer un repulso por los aires por encima de él. Ahora bien, hablando con la conciencia en la mano, yo no creía que pudiera hacerlo. El mejor hacedor de repulsos sobre toda clase de estilos era mi amigo el señor Carlyle, y como sabía que él no podía hacerlo, no iba a creer que Toby Dammit fuera capaz de lograrlo. Por tanto, se lo dije sin más rodeos: que era un fanfarrón y que no podía hacer lo que decía. De esto tuve motivo para arrepentirme después; pues al punto ofreció apostarle su cabeza al diablo a que sí podía.
Estaba a punto de replicar, a pesar de mis propósitos anteriores, con alguna amonestación contra su impiedad, cuando oí, muy cerca de mi codo, una leve tos que sonaba muy parecida a la interjección «¡ejem!».
Me sobresalté y miré a mi alrededor con sorpresa. Mi mirada cayó por fin en un rincón de la estructura del puente y sobre la figura de un viejecillo cojo de aspecto venerable.
Nada podía ser más reverente que toda su apariencia, pues no solo vestía de negro riguroso, sino que su camisa estaba perfectamente limpia y el cuello doblado con mucha pulcritud sobre una corbata blanca, mientras llevaba el cabello peinado con raya al medio como el de una niña. Tenía las manos cruzadas pensativamente sobre el vientre y los dos ojos vueltos con cuidado hacia la coronilla.