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nydus/Short FictionPublic
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Un apuro

de unos minutos, me despertó la voz de Pompeyo, quien declaró que ya no lo soportaba más, y me suplicó que fuera tan amable de bajar. Esto era irrazonable, y se lo dije en un discurso bastante largo. Él replicó, pero con una evidente incomprensión de mis ideas sobre el tema. En consecuencia, me enojé y le dije sin pelos en la lengua que era un imbécil, que había cometido un ignoramus e-clench-eye, que sus nociones eran pura insommary Bovis y sus palabras poco mejores que un ennemywerrybor’em. Con esto pareció quedar satisfecho, y reanudé mis contemplaciones.

Podría haber pasado media hora desde este altercado cuando, al hallarme profundamente absorto en el celestial paisaje que se extendía bajo mí, me sobresaltó algo muy frío que hizo una suave presión en la nuca.

Huelga decir que me sentí indescriptiblemente alarmado. Sabía que Pompeyo estaba bajo mis pies y que Diana, según mis explícitas instrucciones, se hallaba sentada sobre sus cuartos traseros, en el rincón más alejado de la habitación. ¿Qué podía ser? ¡Ay!, demasiado pronto lo descubrí.

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