entablar una conversación en una lengua que no dominaba del todo.
—Vell, Monsieur —dijo ella, después de examinarme con evidente y gran asombro durante unos instantes—, ¿vell, Monsieur? ¿Y qué más? ¿Qué pasa ahora? ¿Es que le da el baile de San Vito? Si no le gusto, ¿a qué viene comprar el cerdo en saco roto?
—¡Miserable! —dije, sin aliento—, ¡vieja... vieja... vieja bruja infame!
“¿Aje?—¿viejite?—¡yo no so tan viejite, después de todo! Yo ni un solo día más de los ochenta y dos”.
«¡Ochenta y dos! —exclamé, tambaleándome hacia la pared—, ¡ochenta y doscientos mil babuinos! ¡La miniatura decía veintisiete años y siete meses!».
—¡Seguro que sí!—¡eso es así!—¡verdá de verdá! ¡pero entonses el retrato ya llevaba tomándose unos sincoenta y sinco años! Kuando me fui a kazar kon mi segundo marido, el señor Lalande, ¡en akel entonses me hise tomar el retrato para mi hija de mi primer marido, el señor Moissart!