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nydus/Short FictionPublic
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Metzengerstein

Pestis eram vivus⁠—moriens tua mors ero.

El terror y la fatalidad han merodeado por el mundo en todas las épocas. ¿Para qué, pues, ponerle fecha a esta historia que he de contar? Baste decir que, en la época de que hablo, existía en el interior de Hungría una creencia arraigada aunque oculta en las doctrinas de la metempsícosis. De las doctrinas mismas —es decir, de su falsedad o de su probabilidad— nada digo. Afirmo, sin embargo, que gran parte de nuestra incredulidad —como dice La Bruyère de toda nuestra desgracia— « vient de ne pouvoir être seuls. »

Pero hay algunos puntos en la superstición húngara que rayaban casi en el absurdo. Ellos⁠—los húngaros⁠—diferían muy sustancialmente de sus autoridades orientales. Por ejemplo, «El alma —decía el primero⁠—, doy las palabras de un agudo e inteligente parisino⁠—, ne demeure qu’un seul fois dans un corps sensible: au reste⁠—un cheval, un chien, un homme même, n’est que la ressemblance peu tangible de ces animaux. »

Las familias de Berlifitzing y Metzengerstein habían estado enemistadas durante siglos. Nunca antes dos casas tan ilustres se habían visto mutuamente emponzoñadas por una hostilidad tan mortal. El origen de esta enemistad parece hallarse en las palabras de una antigua profecía: «Un nombre ilustre tendrá una caída terrible cuando, como el jinete sobre su caballo, la mortalidad de Metzengerstein triunfe sobre la inmortalidad de Berlifitzing».

A decir verdad, las palabras en sí mismas carecían de sentido o lo tenían muy escaso. Pero causas más triviales han dado origen —y ello no hace mucho tiempo— a consecuencias igualmente memorables. Además, las propiedades, que eran contiguas, habían ejercido desde hacía mucho una

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