más suntuosas flores; apenas se veía una hoja verde entre aquel mar de color oloroso y ondulante. Este estanque era de gran profundidad, pero el agua era tan transparente que el fondo, que parecía consistir en una espesa masa de pequeños guijarros redondos de alabastro, se dejaba ver con claridad a intervalos —es decir, siempre que los ojos podían permitirse no contemplar, muy abajo en el cielo invertido, la duplicada floración de las colinas. En estas últimas no había árboles, ni siquiera arbustos de ningún tamaño. Las impresiones causadas en el observador eran las de riqueza, calidez, color, quietud, uniformidad, suavidad, delicadeza, exquisitez, voluptuosidad y una extremada y milagrosa cultura que sugería sueños de una nueva raza de hadas, trabajadoras, de buen gusto, magníficas y exigentes; pero a medida que la mirada ascendía por la ladera de miríadas de matices, desde su nítida unión con el agua hasta su vaga culminación entre los pliegues de las nubes colgantes, resultaba en verdad difícil no imaginarse una catarata panorámica de rubíes, zafiros, ópalos y ónices dorados, rodando silenciosamente desde el cielo.
El visitante, que desemboca de repente en esta bahía desde la penumbra del barranco, se siente encantado pero atónito ante el orbe pleno del sol poniente, que había supuesto ya muy por debajo del horizonte, pero que ahora se le aparece de frente y constituye el único final de una vista por lo demás ilimitada contemplada a través de otra brecha semejante a un abismo abierta en las colinas.
Pero aquí el viajero abandona la nave que lo ha traído tan lejos, y desciende a una ligera canoa de marfil, decorada por dentro y por fuera con arabescos de un escarlata intenso. La popa y la proa de esta embarcación se elevan muy por encima del agua, con puntas afiladas, de modo que la forma general es la de un creciente irregular. Yace sobre la superficie de la bahía con la orgullosa gracia de un cisne.