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Un cuento de las montañas Ragged

Sin embargo, contra la multitud que me rodeaba, experimenté un profundo sentimiento de animosidad. Me aparté de entre ellos y, rápidamente, por un camino sinuoso, llegué a la ciudad y entré en ella. Aquí todo era el más salvaje tumulto y contienda. Un pequeño grupo de hombres, ataviados con ropas mitad indias, mitad europeas, y comandados por caballeros con uniforme parcialmente británico, se enfrenteba, en clara desventaja, a la chusma enjambre de los callejones. Me uní al bando más débil, armándome con las armas de un oficial caído y luchando contra no sé quién con la feroz energía de la desesperación. Pronto fuimos abrumados por el número y obligados a buscar refugio en una especie de quiosco. Allí nos barricamos y, por el momento, estábamos seguros. Desde una rendija cerca de la cúpula del quiosco, percibí a una vasta multitud, en furiosa agitación, que rodeaba y atacaba un vistoso palacio que se inclinaba sobre el río. Al poco tiempo, desde una ventana superior de este lugar, descendió una persona de aspecto afeminado, ayudada por una cuerda hecha con los turbantes de sus sirvientes. Había una barca a mano, en la cual escapó hacia la orilla opuesta del río.

“Y ahora un nuevo objeto se apoderó de mi alma. Dirigí unas palabras apresuradas pero enérgicas a mis compañeros y, habiendo logrado ganar a algunos de ellos para mi propósito, hice una salida frenética del quiosco. Nos abalanzamos en medio de la multitud que lo rodeaba. Al principio retrocedieron ante nosotros. Se reagruparon, lucharon furiosamente y volvieron a retroceder. Mientras tanto fuimos arrastrados lejos del quiosco, y quedamos desorientados y enredados entre las calles estrechas de casas altas y salientes, en cuyos recesos el sol jamás había podido brillar.

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