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nydus/Short FictionPublic
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Tres domingos en una semana

—¡Cabezota, cenutrio, obstinado, mohoso, cascarrabias, rancio, apestoso y viejo salvaje! —dije, en imaginación, una tarde, a mi tío abuelo Rumgudgeon, amenazándolo con el puño en mis pensamientos.

Solo en la imaginación. El hecho es que sí existía cierta discrepancia trivial, en ese preciso momento, entre lo que dije y lo que no tuve el valor de decir⁠—entre lo que hice y lo que estuve a punto de hacer.

El viejo marsopa, al abrir yo la puerta del salón, estaba sentado con los pies sobre la chimenea y una copa de oporto en la zarpa, haciendo denodados esfuerzos por entonar la cancioncilla.

¡Rellena tu vaso vacío! ¡Vacia tu vaso lleno!

“Querido tío —le dije, cerrando la puerta con suavidad y acercándome a él con la más dulce de las sonrisas—, usted siempre es tan amable y considerado, y ha demostrado su benevolencia de tantas, ¡de tantísimas maneras!, que... que siento que solo tengo que sugerirle este pequeño punto una vez más para tener la seguridad de su total aquiescencia”.

—¡Hum! —dijo—, ¡buen chico! ¡Sigue!

—Estoy seguro, mi querido tío [¡viejo granuja de los demonios!], de que no tienes la menor intención real ni seria de oponerías a mi unión con Kate. Esto no es más que una broma tuya, lo sé—¡ja, ja, ja!—, qué simpático eres a veces.

—¡Ja, ja, ja! —dijo él—, ¡maldito seas! ¡sí!

“¡Claro que sí—por supuesto! Sabía que estabas bromeando. Ahora, tío, todo lo que Kate y yo deseamos por el momento es que nos hagas el favor

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