Invierno tras invierno, durante años, la visión más conmovedora para nosotros, en toda esta ciudad, ha sido la de esa incansable ministra del genio, delgada e insuficientemente abrigada, yendo de oficina en oficina con un poema, o un artículo sobre algún tema literario, para venderlo, a veces simplemente suplicando con voz quebrada que él estaba enfermo, y pidiendo por él, sin mencionar otra cosa que «él estaba enfermo», fuera cual fuese la razón por la que él no escribía, y sin permitir jamás, entre todas sus lágrimas y relatos de angustia, que se le escapara de los labios una sola sílaba que pudiera transmitir una duda sobre él, o una queja, o una merma del orgullo por su genio y sus buenas intenciones.
Su hija había muerto hacía año y medio, pero ella no lo abandonó. Continuó siendo su ángel guardián—viviendo con él, cuidándolo, protegiéndolo de la intemperie, y cuando él se dejaba arrastrar por la tentación, en medio del dolor y la soledad de unos sentimientos no correspondidos, y despertaba de su abandono postrado en la miseria y el sufrimiento, mendigando por él todavía. Si la devoción de una mujer, nacida con