su luz plena y adecuada, debemos tener presente de manera constante la gran desproporción entre las amistades personales incluso del individuo más célebre de París y la población entera de París misma».
“Pero cualquier fuerza que todavía pueda parecer tener la observación de Le Commerciel, quedará muy disminuida si tenemos en cuenta la hora a la que la muchacha salió a la calle.
«Fue cuando las calles estaban llenas de gente —dice Le Commerciel— cuando ella salió».
Pero no fue así. Eran las nueve de la mañana. Ahora bien, a las nueve de la mañana de todos los días de la semana, a excepción del domingo, las calles de la ciudad están, es verdad, abarrotadas de gente.
A las nueve de un domingo, la población se encuentra principalmente en el interior de las casas preparándose para ir a la iglesia. Ningún observador ha podido dejar de notar el aire peculiarmente desierto de la ciudad, desde alrededor de las ocho hasta las diez de la mañana de cada día de reposo. Entre las diez y las once las calles están abarrotadas, pero no en un periodo tan temprano como el señalado.