tanto su pérdida habría sido pequeña también. Pero estas son mis propias reflexiones y no estoy nada seguro de estar en lo cierto al atribuírselas. De todos modos, la frase en cuestión ganó en favor día a día, a pesar de la grosera impropiedad de un hombre apostando sus sesos como si fueran billetes de banco—pero este era un punto que la perversidad de carácter de mi amigo no le permitía comprender. Al final, abandonó toda otra forma de apuesta y se entregó a « Apuesto mi cabeza al Diablo », con una pertinacia y una exclusividad de devoción que no menos me disgustó que me sorprendió. Siempre me disgustan las circunstancias de las que no puedo dar cuenta. Los misterios obligan a un hombre a pensar, y por lo tanto perjudican su salud. La verdad es que había algo en el aire con que el señor Maldito solía dar expresión a su ofensiva frase—algo en su manera de enunciación—que al principio me interesó y después me puso muy intranquilo—algo que, a falta de un término más preciso por el momento, debo tener el permiso de llamar estrafalario ; pero que el señor Coleridge habría llamado místico, el señor Kant panteísta, el señor Carlyle retorcido y el señor Emerson hiperburlesco. Empezó a no gustarme en absoluto. El alma del señor Maldito se hallaba en un estado peligroso. Resolví poner en juego toda mi elocuencia para salvarla. Juré tratarlo como se dice en la crónica irlandesa que san Patricio trató al sapo—es decir, « despertarlo a la conciencia de su situación ». Me puse a la tarea de inmediato. Una vez más me entregué a la reconvención. De nuevo reuní mis energías para un intento final de exhortación.
Cuando hube concluido mi lectura, el señor Maldito se permitió una conducta de lo más equívoca. Durante unos momentos permaneció en silencio, limitándose a mirarme inquisitivamente a la cara. Pero enseguida inclinó la cabeza hacia un lado y arqueó las cejas de manera exagerada. Luego abrió las palmas de las manos y encogió los hombros. Luego guiñó el ojo derecho.