Fue el creador de altos monumentos —torres de perdigones—, pararrayos, álamos de Lombardía. Su tratado sobre «Sombras y penumbras» lo ha inmortalizado. Editó con distinguida competencia la última edición de «South sobre los huesos». Fue temprano a la universidad y estudió neumática. Luego volvió a casa, habló eternamente y tocó la trompa francesa. Patentizó su favor a la gaita. El capitán Barclay, que caminaba contra el Tiempo, no habría querido caminar contra él. Windham y Allbreath eran sus escritores favoritos; su artista favorito, Phiz. Murió gloriosamente mientras inhalaba gas —levique flatu corrupitur, como la fama pudicitiae en Jerónimo. Era indudablemente un...»
—¿Cómo puedes?—¿cómo— puedes —tú?—interrumpió el objeto de mis animadversiones, jadeando y arrancándose, con un esfuerzo desesperado, la venda que le rodeaba las mandíbulas—; ¿cómo puedes, señor Sinresuello, ser tan infernalmente cruel como para pellizcarme de ese modo por la nariz? ¿No viste cómo me habían atado la boca— y debes saber—si es que sabes algo— cuán vasto superfluidad de aire tengo para deshacerme de ella! Si no lo sabes, sin embargo, siéntate y lo verás. En mi situación es realmente un gran alivio poder abrir la boca—poder explayarse— poder comunicarse con una persona como tú, que no te crees llamado en cada punto a interrumpir el hilo del discurso de un caballero. Las interrupciones son molestas y sin duda deberían abolirse—¿no te parece?—ninguna respuesta, te lo ruego—con una persona que hable a la vez es suficiente.—Terminaré dentro de poco, y entonces podrás empezar.—¿Cómo demonios, señor, llegaste a este lugar?—ni una palabra te imploro—¡llevo aquí algún tiempo yo mismo—terrible accidente!—¿has oído hablar de ello, supongo?—¡calamidad espantosa!—paseando bajo tus ventanas—hace un rato—por la época en que te dio por la actuación—¡ocurrencia horrible!—¿has oído hablar de «perder el aliento»*, eh?—¡cierra el pico te digo!—¡yo le cogí el de otro!—siempre tuve demasiado del mío—me encontré a Charlatán en la