Los mil ultrajes de Fortunato los habí
Debe comprenderse que ni por palabra ni por obra había dado a Fortunato motivo para dudar de mi buena voluntad. Continué, como era mi costumbre, sonriéndole en la cara, y él no se percataba de que mi sonrisa ahora se debía al pensamiento de su inmolación.
Tenía un punto débil —este Fortunato— aunque en otros aspectos era un hombre respetado y hasta temido. Se enorgullecía de ser un entendido en vinos. Pocos italianos poseen el verdadero espíritu del virtuoso. La mayor parte de las veces su entusiasmo se adopta para ajustarse al momento y a la ocasión —para practicar la impostura con los millonarios británicos y austriacos—. En pintura y gemología, Fortunato, como sus compatriotas, era un charlatán, pero en lo que se refiere a los viejos vinos era sincero. En este aspecto yo no difería sustancialmente de él: era yo mismo un experto en caldos italianos y compraba en gran cantidad siempre que podía.
Era casi el anochecer, una tarde de la suprema locura de la temporada de carnaval, cuando me encontré con mi amigo.
Me abordó con excesiva calidez, pues había estado bebiendo mucho. El hombre iba disfrazado de bufón. Llevaba un traje ceñido de rayas multicolores, y su cabeza estaba coronada por el gorro cónico con cascabeles.
Me dio tanta alegría verle, que pensé que nunca terminaría de apretarle la mano.
Le dije: