Al encontrar a mi prometida en una avenida abarrotada por la flor y nata de la ciudad, me apresuraba a saludarla con una de mis reverencias mejor meditadas, cuando una pequeña partícula de alguna materia extraña, al alojarse en el rincón de mi ojo, me dejó, por el momento, completamente ciego. Antes de que pudiera recuperar la vista, la dama de mis pensamientos había desaparecido —irreparablemente ofendida por lo que tuvo a bien considerar una grosería premeditada de mi parte al pasar de largo sin saludarla. Mientras yo permanecía atónito ante la brusquedad de este percance (que le habría podido suceder, no obstante, a cualquier hijo de vecino), y mientras seguía aún incapaz de ver, se me acercó el Ángel de lo Insólito, el cual me ofreció su ayuda con una amabilidad que yo no tenía razón alguna para esperar. Examinó mi ojo alterado con mucha delicadeza y destreza, me informó de que tenía una gota en él y (fuera lo que fuese una «gota») la extrajo, brindándome alivio.
Consideré entonces que ya era hora de morir (puesto que la fortuna se había empeñado en perseguirme), y en consecuencia me dirigí al río más cercano. Aquí, despojándome de mis ropas (pues no hay razón para que no muramos tal como nacimos), me arrojé de cabeza a la corriente; siendo el único testigo de mi destino un cuervo solitario que se había dejado seducir por el maíz empapado en brandy, y así se había alejado tambaleándose de sus compañeros. Apenas hube entrado en el agua, a este pájaro se le metió en la cabeza la ocurrencia de volar llevándose la porción más indispensable de mis atavíos. Posponiendo, por lo tanto, por el momento, mi designio suicida,