encuentra al este de lo que supongo que es el palacio real!”
Ese es el nuevo Templo del Sol, a quien se adora en Siria bajo el título de Elah Gabalah.
Más adelante, un emperador romano muy célebre instituirá este culto en Roma, y de ahí adoptará un sobrenombre, Heliogábalo.
Me atrevo a decir que le gustaría echar un vistazo a la divinidad del templo. No necesita mirar a los cielos; su alteza solar no está allí, al menos no la alteza solar adorada por los sirios.
Esa deidad se encuentra en el interior del edificio de allá. Se le adora bajo la forma de un gran pilar de piedra que termina en la cumbre en un cono o pirámide, mediante lo cual se denota el Fuego.
«¡Escuchad—mirad!—, ¿quiénes podrán ser esos seres ridículos, medio desnudos, con la cara pintada, que gritan y gesticulan ante la chusma?»
Unos pocos son charlatanes. Otros pertenecen más particularmente a la estirpe de los filósofos. La mayor parte, sin embargo—aquellos sobre todo que vapulean a la plebe con garrotes—, son los principales cortesanos de palacio, que ejecutan, como es su deber, alguna comedia loable del rey.
—Pero ¿qué tenemos aquí? ¡Cielos! ¡La ciudad está plagada de fieras! ¡Qué terrible espectáculo!, ¡qué peligrosa peculiaridad!
Terrible, si a bien lo tenéis; pero en lo más mínimo peligroso. Cada animal, si os tomáis la molestia de observar, sigue muy tranquilamente la estela de su amo. Unos pocos, es verdad, van con una cuerda al cuello, pero se trata principalmente de las especies menores o tímidas. El león, el tigre y el leopardo marchan completamente sin ataduras. Han sido adiestrados sin dificultad para su oficio actual y sirven a sus respectivos dueños en calidad de valets-de-chambre. Es cierto que hay ocasiones en que