El apartamento era soberbio. Incluso De L’Omelette lo declaró bien comme il faut . No era su longitud ni su anchura —sino su altura—, ¡ah, aquello era espantoso! No había cielo raso —desde luego que no—, sino una densa masa arremolinada de nubes de color de fuego. El cerebro de Su Gracia dio un vuelco al mirar hacia arriba. Desde lo alto pendía una cadena de un metal rojo sangre desconocido; su extremo superior se perdía, como la ciudad de Boston, parmi les nues . De su extremo inferior pendía un gran pebetero. El Duque supo que era un rubí; pero de él brotaba una luz tan intensa, tan quieta, tan terrible, que Persia jamás adoró semejante cosa —un giebro jamás imaginó semejante cosa—, un musulmán jamás soñó con semejante cosa cuando, drogado de opio, se ha arrastrado hasta un lecho de amapolas, la espalda vuelta hacia las flores y el rostro hacia el dios Apolo. El Duque masculló un leve juramento, decididamente aprobatorio.
Los rincones de la habitación estaban redondeados en forma de nichos. Tres de ellos estaban ocupados por estatuas de proporciones gigantescas. Su belleza era griega, su deformidad egipcia, su tout ensemble francés.
En el cuarto nicho la estatua estaba velada; no era colosal. Pero, en cambio, se adivinaba un tobillo esbelto, un pie calzado con sandalias. De L’Omelette se llevó la mano al corazón, cerró los ojos, los alzó y sorprendió a Su Majestad Satánica… ruborizándose.
¡Pero las pinturas!—¡Kupris!—¡Astarté!—¡Astoreth!—¡Un millar y la misma! ¡Y Rafael las ha contemplado! Sí, Rafael ha estado aquí, pues ¿acaso no pintó la—? ¿y no fue por consiguiente condenado?
¡Las pinturas—las pinturas! ¡Oh lujo! ¡Oh amor!—quien, contemplando esas bellezas prohibidas, ¿tendrá ojos para los delicados ornamentos de los marcos dorados que salpicaban, como estrellas, los muros de jacinto y pórfido?
Pero el corazón del Duque desfallece en su interior. No está, sin embargo, como suponéis, mareado por la magnificencia, ni ebrio por el aliento