fondo, sin embargo, al echar la sonda, hallé que el buque se encontraba en quince brazas. El aire se volvió entonces intolerablemente caluroso y estaba cargado de exhalaciones en espiral similares a las que emanan del hierro caliente. Al caer la noche, cada soplo de viento se extinguió, y es imposible concebir una calma más absoluta. La llama de una vela ardía en la toldilla sin el más mínimo movimiento perceptible, y un cabello largo, sostenido entre el dedo índice y el pulgar, pendía sin la posibilidad de detectar vibración alguna.
Sin embargo, como el capitán dijo que no advertía indicios de peligro, y como íbamos derivando directamente hacia la costa, ordenó que se recojieran las velas y se echara el ancla. No se estableció turno de vigilancia y la tripulación, compuesta principalmente por malayos, se tendió parsimoniosamente sobre la cubierta. Bajé a la,cámara—no sin un profundo presentimiento de desgracia. En verdad, todas las apariencias justificaban mis temores de un simún. Le comuniqué mis temores al capitán; pero no prestó atención a lo que le dije y me dejó sin dignarse a darme una respuesta.
Mi inquietud, sin embargo, me impidió dormir, y alrededor de la medianoche subí a cubierta. Al apoyar el pie en el peldaño superior de la escalerilla de la bajada, me sobresaltó un ruido fuerte y zumbador, semejante al producido por la rápida revolución de una rueda de molino, y antes de que pudiera averiguar su significado, sentí que el barco temblaba hasta los cimientos. Al instante siguiente, un mar de espuma nos tumbó sobre el costado y, barriendo la nave de proa a popa, arrasó la totalidad de la cubierta.
La furia extrema de la explosión aseguró, en gran medida, la salvación del buque. Aunque completamente inundado, sin embargo, como sus palos se habían perdido por la borda, al cabo de un minuto se alzó