bajando de dos en dos los escalones, pero de repente divisó en un gran espejo del rellano del segundo piso a un caballero con prisa que avanzaba enérgicamente a su encuentro, y se detuvo en seco, avergonzado, como si lo hubieran pillado en falta. Luego se miró en el espejo un buen rato, asombrado de ser en verdad un muchacho tan apuesto, sonrió con complacencia y, despidiéndose de su reflejo, hizo una profunda reverencia ante él como se le hace a un personaje de importancia.
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