CodalSearch this book — or all of Codal…⌘K
Página 395 de 539
Table of Contents

XII

cinco. Pensó que estaría más a gusto dentro y entró en el templo. El frescor de una bodega lo asaltó, lo respiró con placer y luego dio una vuelta por la nave para reconocer el lugar. Otros pasos regulares, que a veces se detenían y luego volvían a empezar, respondían desde el fondo del vasto edificio al eco de los suyos, que resonaban sonoros bajo la bóveda. Le asaltó la curiosidad por saber quién era ese otro paseante. Era un caballero corpulento y calvo que paseaba con la nariz en alto y el sombrero a la espalda. Aquí y allá, alguna anciana rezaba con el rostro oculto entre las manos. Una sensación de soledad y descanso se apoderó de su espíritu. La luz, suavizada por las vidrieras, resultaba reconfortante para los ojos. Du Roy pensó que allí dentro se estaba «de lo más a gusto».

Regresó hacia la puerta y volvió a mirar su reloj. Aún eran solo las tres y cuarto.

Se sentó a la entrada del pasillo central, lamentando que no se pudiera fumar un cigarrillo. Todavía se oían los lentos pasos del caballero corpulento en el extremo más alejado de la iglesia, cerca del coro.

Alguien entró y George se volvió brusquamente. Era una pobre mujer con falda de lana que cayó de rodillas junto al primer asiento y permaneció inmóvil, con las manos entrelazadas, los ojos devotos hacia el cielo, el alma absorta en la oración. Du Roy la contempló con interés, preguntándose qué dolor, qué pena, qué desesperación habrían podido destrozarle el corazón. Estaba consumida por la miseria, era evidente. Tal vez tuviera también un marido que la molía a palos o un hijo moribundo.

395