antemano. Pero vio que la noche se echaba encima y mandó encender las lámparas, mientras escuchaba la conversación que fluía como un hilo de miel, y pensaba que se había olvidado de pasar por la papelería para encargar las tarjetas de invitación de su próxima comida. Era un poco demasiado gruesa, aunque aún hermosa, en esa edad peligrosa en la que se avecina el desmoronamiento general. Se conservaba a base de cuidados, precauciones higiénicas y cremas para la piel. Parecía discreta en todo; moderada y razonable; una de esas mujeres cuyo espíritu está trazado con simetría, como un jardín a la francesa. Se pasea uno por él con sorpresa, pero experimentando cierto encanto. Poseía un sentido agudo, discreto y sano, que le servía en lugar de fantasía, generosidad y afecto, junto con una apacible bondad hacia todo y hacia todos.
Notó que Duroy no había dicho nada, que no se le había dirigido la palabra y que parecía un poco incómodo; y como las señoras aún no habían abandonado la Academia, ese tema favorito que siempre les ocupa un buen rato, dijo:
—Y usted, que debería estar mejor informado que nadie, Monsieur Duroy, ¿cuál es su favorito?
Él respondió sin vacilar: > “En este asunto, señora, yo jamás tomaría en cuenta el mérito, siempre discutible, de los candidatos, sino su edad y su estado de salud. No preguntaría por sus títulos, sino por su enfermedad. No trataría de averiguar si han hecho una traducción métrica de Lope de Vega, sino que me ocuparía de obtener información sobre el estado de