Se separaron hacia la medianoche, tras fijar una cita para el miércoles de la semana siguiente, pues Madame de Marelle tenía compromisos para cenar fuera varios días seguidos.
Al día siguiente, al ir a pagar el desayuno y tantear las cuatro monedas que debían quedarle, Duroy notó que eran cinco, y que una de ellas era de oro. Al principio pensó que se la habrían dado por error en las vueltas el día anterior; luego lo comprendió, y el corazón le dio un vuelco de humillación ante aquella caridad persistente.
¡Cómo se arrepentía ahora de no haber dicho nada! Si hubiera hablado con energía, aquello no habría sucedido.
Durante cuatro días hizo esfuerzos, tan numerosos como infructuosos, para reunir cinco luises, y se gastó el segundo de Clotilde.
Ella se arregló las mañas, a pesar de que él le había dicho con fiereza: «No vuelvas a gastarme la broma de la otra noche o me pondré furioso», para deslizar otros veinte francos en los bolsillos de los pantalones de él la primera vez que se vieron.
Cuando los encontró, maldijo amargamente y los pasó al chaleco para tenerlos más a mano, pues no tenía un céntimo. Apaciguó su conciencia con este argumento: «Se lo devolveré todo de golpe. Al fin y al cabo, no es más que dinero prestado».
Por fin, ante sus desesperadas súplicas, el cajero del periódico accedió a darle cinco francos diarios. Era justo lo suficiente para vivir, pero no para reembolsar sesenta francos. Pero como Clotilde volvió a ser presa de su pasión por las excursiones nocturnas en todos los lugares sospechosos de París, él terminó por no molestarse demasiado al encontrar una moneda de oro en uno de sus bolsillos, una vez incluso en su bota y otra en la caja de su reloj, después de sus aventureras salidas.