Él respondió: —¡Oh!, por ninguna razón. He estado muy ocupado. Espero volver a verla por allí un día de estos.
Salió, con el corazón lleno de esperanza, aunque sin saber por qué.
No le habló a Forestier de esta visita. Pero conservó el recuerdo de ella los días siguientes, y más que el recuerdo: la sensación de la presencia irreal pero persistente de aquella mujer. Le parecía que se había llevado algo de ella, el reflejo de su figura en sus ojos, y el regusto de su ser moral en el corazón. Permaneció bajo la influencia obsesiva de su imagen, como sucede a veces cuando hemos pasado horas agradables con alguien.
Hizo una segunda visita unos días después.
La criada lo hizo pasar al salón, y Laurine apareció al instante. Ya no le tendió la mano, sino la frente, y le dijo: «Mamá me