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IX

«¡Clo! ¡mi querida Clo! considera un poco mi situación, considera lo que soy. ¡Oh! si hubiera podido casarme contigo, qué felicidad habría sido. Pero estás casada. ¿Qué podía hacer? Vamos, piénsalo bien. Debo hacerme un lugar en la sociedad, y no puedo hacerlo mientras no tenga un hogar. Si supieras... Hay días en los que he sentido el deseo de matar a tu

Habló con su voz suave, apagada, seductora, una voz que entraba en el oído como la música. Vio cómo dos lágrimas se acumulaban lentamente en los ojos fijos y desorbitados de su amante y luego rodaban por sus mejillas, mientras otras dos ya se formaban en los párpados.

Él murmuró: > “No llores, Clo; no

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