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V. Two Months Had Gone By

Pero como el coche se detuvo al poco rato ante la casa en la que ella residía, Duroy, sorprendido, no tuvo tiempo de buscar frases apasionadas para agradecerle y expresarle su amor agradecido. Sin embargo, aturdida por lo que había ocurrido, ella no se levantó, no se inmutó. Entonces él temió que el cochero pudiera sospechar algo y bajó primero para ayudarla a descender.

Por fin bajó del coche, tambaleándose y sin decir una palabra. Él tocó el timbre y, mientras la puerta se abría, dijo, temblando:

«¿Cuándo volveré a verte?»

Ella murmuró tan bajito que él apenas lo oyó:

«Ven a almorzar conmigo mañana».

Y desapareció en el zaguán, empujando la pesada puerta, que se cerró con un ruido parecido al de un cañón. Él le dio cinco francos al cochero y se echó a andar a pasos rápidos y triunfantes, con el corazón desbordante de alegría.

Por fin había vencido: una mujer casada, una dama. Qué fácil e inesperado había resultado todo. Se había figurado hasta entonces que para asaltar y conquistar a uno de aquellos seres tan ardientemente deseados se requerían infinitas fatigas, esperas interminables, un hábil asedio llevado a cabo mediante atenciones galantes, palabras de amor, suspiros y regalos. ¡Y he aquí que, de repente, al más leve ataque, la primera con la que se había topado había cundo ante él con tanta rapidez que estaba estupefacto!

“Estaba achispada —pensó—; mañana será otra historia. Me recibirá con lágrimas”.

Esta idea lo turbó, pero añadió: “Bueno, tanto peor. Ahora que la tengo, pienso conservarla”.

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