Pero como el coche se detuvo al poco rato ante la casa en la que ella residía, Duroy, sorprendido, no tuvo tiempo de buscar frases apasionadas para agradecerle y expresarle su amor agradecido. Sin embargo, aturdida por lo que había ocurrido, ella no se levantó, no se inmutó. Entonces él temió que el cochero pudiera sospechar algo y bajó primero para ayudarla a descender.
Por fin bajó del coche, tambaleándose y sin decir una palabra. Él tocó el timbre y, mientras la puerta se abría, dijo, temblando:
«¿Cuándo volveré a verte?»
Ella murmuró tan bajito que él apenas lo oyó:
«Ven a almorzar conmigo mañana».
Y desapareció en el zaguán, empujando la pesada puerta, que se cerró con un ruido parecido al de un cañón. Él le dio cinco francos al cochero y se echó a andar a pasos rápidos y triunfantes, con el corazón desbordante de alegría.
Por fin había vencido: una mujer casada, una dama. Qué fácil e inesperado había resultado todo. Se había figurado hasta entonces que para asaltar y conquistar a uno de aquellos seres tan ardientemente deseados se requerían infinitas fatigas, esperas interminables, un hábil asedio llevado a cabo mediante atenciones galantes, palabras de amor, suspiros y regalos. ¡Y he aquí que, de repente, al más leve ataque, la primera con la que se había topado había cundo ante él con tanta rapidez que estaba estupefacto!
“Estaba achispada —pensó—; mañana será otra historia. Me recibirá con lágrimas”.
Esta idea lo turbó, pero añadió: “Bueno, tanto peor. Ahora que la tengo, pienso conservarla”.