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VI

etc. En su fondo conservaba un sentimiento de interés por los asuntos del pueblo, por las noticias de los vecinos y por el estado de las

Se repitió a sí mismo, mientras se ataba la corbata blanca ante su pequeño espejo:

«Debo escribirle a papá mañana. ¿No se quedaría de una pieza el viejo si pudiera verme esta estancia en la casa a la que voy? ¡Por Júpiter! Voy a darme una cena como jamás ha probado».

Y de repente vio la oscura cocina tras el café vacío; las cacerolas de cobre proyectando sus reflejos amarillos en la pared; el gato en el hogar, con la nariz junto al fuego, en actitud de esfinge; la mesa de madera, grasienta por el tiempo y los líquidos derramados, una sopera humeante sobre ella y una vela encendida entre dos platos.

Los vio también a ellos⁠—a su padre y a su madre, dos campesinos de lentos movimientos⁠—, comiendo su sopa. Conocía hasta la más pequeña arruga de sus viejos rostros, el más leve movimiento de sus brazos y cabezas. Sabía incluso de qué hablaban todas las noches mientras cenaban.

Pensó además: «De verdad tengo que ir a verlos»; pero, concluido su arreglo, apagó la luz y bajó las escaleras.

Al pasar por el bulevar exterior, las muchachas lo abordaban de vez en cuando. Él respondía, apartando el brazo: «¡Vete al diablo!», con un desdén violento, como si lo hubieran insultado. ¿Por quién lo tomaban? ¿Es que esas furcias no sabían distinguir a un hombre? La sensación de su frac, puesto para ir a cenar con gente tan conocida y de tanta importancia, le infundía el sentimiento de una nueva

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