La vida; unos pocos días, y después nada. Se nace, se crece, se es feliz, se espera, y luego se muere. Adiós, hombre o mujer, no volveréis a la tierra. Plantas, bestias, hombres, estrellas, mundos, todo surge a la vida y luego muere para transformarse de nuevo. Pero ninguno de ellos regresa jamás: ni insecto, ni hombre, ni planeta.
Una inmensa, confusa y aplastante sensación de terror abrumaba el alma de Duroy, el terror a esa aniquilación sin límites e inevitable que destruye toda existencia.
Ya inclinaba la cabeza ante su amenaza.
Pensó en las moscas que viven unas pocas horas, en las bestias que viven unos pocos días, en los hombres que viven unos pocos años, en los mundos que viven unos pocos siglos.
¿Qué diferencia había entre unos y otros? Unos cuantos amaneceres más, eso era todo.
Apartó los ojos para no tener ya el cadáver delante.
Madame Forestier, con la cabeza gacha, parecía también absorta en dolorosos pensamientos. Su cabello rubio se destacaba tan bellamente sobre su rostro pálido, que un sentimiento, tan dulce como el roce de la esperanza, aleteó en el pecho del muchacho.
¿Por qué afligirse cuando aún le quedaban tantos años por delante? Y comenzó a observarla. Perdida en sus pensamientos, ella no reparaba en él.
Se dijo: «Eso, sin embargo, es lo único bueno de la vida, amar, estrechar en los brazos a la mujer que uno ama. Ese es el límite de la felicidad humana».