Él sonrió.
“Pero solo estaré fuera veinte minutos. Ni siquiera lo notarán. Si te niegas, me herirás en lo más hondo”.
Ella murmuró: “Bueno, entonces estoy de acuerdo”.
Pero tan pronto estuvieron en el carruaje, él le tomó la mano y, besándola con pasión, exclamó:
«Te amo, te amo. Déjame decirte al menos eso. No te tocaré. Solo quiero repetirte que te amo».
Ella tartamudeó:
«¡Oh! ¡Después de lo que me prometiste! Esto está mal, muy mal».
Pareció hacer un gran esfuerzo, y luego continuó en un tono contenido: «Ves, ya ves cómo me domino. Y, sin embargo—Pero déjame tan solo decirte que te amo, y repetírtelo todos los días; sí, déjame ir a tu casa y arrodillarme durante cinco minutos a tus pies para pronunciar esas tres palabras mientras contemplo tu amado rostro».
Ella le había entregado la mano y respondió jadeante:
«No, no puedo, no quiero. Piense en lo que se diría, en los sirvientes, en mis hijas. No, no, es imposible».
He went on:
“I can no longer live without seeing you. Whether at your house or elsewhere, I must see you, if only for a moment, every day, to touch your hand, to breathe the air stirred by your dress, to gaze on the outline of your form, and on your great calm eyes that madden me.”