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VI

En el transcurso de treinta años había sido redactor adjunto de once periódicos diferentes, sin modificar en absoluto su modo de pensar o de actuar. Pasaba de una redacción a otra como se cambia de restaurante, apenas notando que la cocina no era exactamente la misma. Las opiniones políticas y religiosas le eran ajenas. Estaba consagrado a su periódico, fuera cual fuese, dominaba su labor y era valioso por su experiencia. Trabajaba como un ciego que nada ve, como un sordo que nada oye y como un mudo que nunca habla de nada. Poseía, sin embargo, un fuerte instinto de lealtad profesional y no se rebajaba a nada que no considerara honesto y correcto desde el punto de vista particular de su oficio.

El señor Walter, que lo apreciaba enormemente, había deseado con frecuencia, sin embargo, encontrar a otro hombre a quien confiar los «Ecos», que él consideraba como el meollo del periódico. Es a través de ellos como se ponen a circular los rumores y como se influye en el público y en los fondos. Es necesario saber deslizar el asunto importantísimo, más insinuado que dicho claramente, entre la descripción de dos recepciones mundanas, sin que parezca que se hace adrede. Es necesario dar a entender algo mediante reservas juiciosas; dejar adivinar lo que se desea; desmentir de tal manera que se confirme, o afirmar de tal modo que nadie crea la declaración. Es necesario que en los «Ecos» todo el mundo encuentre todos los días al menos una línea de interés, para que todo el mundo los lea. Hay que pensar en todos, en todas las clases, en todas las profesiones, en París y en las provincias, en el ejército y en el mundo del arte, en el clero y en la universidad, en la abogacía y en el mundo galante. El hombre que los dirige, y que manda sobre un ejército de reporteros, debe estar siempre alerta y siempre en guardia; desconfiado, previsor,

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