Pero Forestier, enfadándose, exclamó:
—Vamos, a ver, no pierdas el tiempo con rodeos; supongo que no habrás venido a la fuerza solo para darnos los buenos días, ¿no?
Entonces Duroy, sumamente perturbado, se decidió:
«No—verá usted—el caso es—que no logro terminar mi artículo—y usted fue—tan—tan amable la última vez—que esperaba—que me he tomado la libertad de venir—»
Forestier le cortó la palabra.
«Tienes mucha cara. ¿Conque te crees que voy a hacer tu trabajo, y que lo único que tienes que hacer tú es pasarte por caja a fin de mes para cobrar tu soldada? No, eso es demasiado bueno».
La joven siguió fumando sin decir una palabra, sonriendo con una sonrisa vaga, que parecía una máscara amable que ocultaba la ironía de sus pensamientos.
Duroy, sonrojándose, tartamudeó:
«Perdone—me pareció—pensé—»
luego de repente, y con voz clara, prosiguió:
«Le pido mil perdones, señora, al tiempo que le agradezco de nuevo sinceramente el encantador artículo que redactó ayer para mí».
Hizo una inclinación, le comentó a Charles: «Estaré en la oficina a las tres», y salió.
Caminó a casa rápidamente, rezongando: