Entraron y entregaron sus pesados abrigos a los lacayos que salieron a su encuentro.
Varias damas se encontraban también allí con sus maridos, despojándose de sus pieles. Se oían murmururios de: «Es muy hermoso, muy hermoso».
El inmenso vestíbulo estaba tapizado con colgaduras que representaban las aventuras de Marte y Venus. A la derecha y a la izquierda se encontraban los dos ramales de una colosal escalinata doble, que se unía en el primer piso. Las barandillas eran una maravilla de herrería, cuyo viejo y apagado dorado brillaba con discreto fulgor junto a los escalones de mármol rosa.
A la entrada de los salones de recepción, dos niñas, una con un disfraz de locura rosa y la otra con uno azul, ofrecían un ramo de flores a cada dama. Esto fue considerado encantador.
Los salones de recepción ya estaban llenos. La mayoría de las señoras llevaban ropa de calle, lo que demostraba que habían acudido allí como a cualquier otra exposición. Las que pensaban quedarse para el baile iban con los brazos y el cuello descubiertos.
Madame Walter, rodeada de sus amigos, se encontraba en el segundo salón respondiendo a los saludos de los visitantes. Muchos de estos no la conocían y paseaban como si estuvieran en un museo, sin molestarse en lo más mínimo por los dueños de la casa.
Al percibir a Du Roy, se puso lívida y hizo un movimiento como para avanzar hacia él. Luego se quedó inmóvil, esperándolo. Él la saludó ceremoniosamente, mientras Madeleine la abrumaba con afecto y cumplidos. Después, George dejó a su esposa con ella y se perdió entre la multitud, para escuchar las maldades que con toda seguridad debían de estar diciendo.