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XII

las cosas. Luego, al salir el sacerdote de su confesionario, algo alterado, se le acercó y, mirándolo fijamente a los ojos, le espetó a la cara: «Si no llevara saya, qué bofetada le daría en esa jeta tan fea». Tras lo cual dio media vuelta y salió de la iglesia, silbando entre dientes. De pie bajo el pórtico, el robusto caballero, con el sombrero puesto y las manos a la espalda, cansado de esperar, escrutaba las amplias plazas y todas las calles que desembocaban en ella. Al pasar Du Roy a su lado, se saludaron inclinando la cabeza.

El periodista, viéndose en libertad, se dirigió a las oficinas de la Vie Française. Tan pronto como entró, notó por el aire atareado de los mensajeros que algo fuera de lo común estaba sucediendo, y se fue inmediatamente al despacho del director. Papá Walter, en un estado de nerviosismo e histeria, estaba de pie dictando un artículo en frases entrecortadas; dando órdenes a los reporteros que lo rodeaban, entre párrafo y párrafo; dando instrucciones a Boisrenard, y abriendo cartas.

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