Los entendidos proclamaban que su juego era muy firme y cerrado, y el público confiado lo apreciaba como tal.
Luego llegaron el señor Porion y el señor Lapalme, un maestro y un aficionado, que se entregaron a una gimnasia exagerada; arremetiendo furiosos el uno contra el otro, obligando a los jueces a huir con todo y sillas, cruzándose y recruzándose de un extremo al otro de la plataforma, el uno avanzando y el otro retrocediendo, con saltos y brincos tan enérgicos como cómicos.
Se permitieron pequeños saltitos hacia atrás que hicieron reír a las damas, y largos saltos hacia adelante que les causaron cierta emoción. Este asalto galopante fue criticado con acierto por algún bribonzuelo que exclamó: «¡No os reventéis por eso, que es a destajo!».
Los espectadores, escandalizados por semejante falta de gusto, silbaron: «¡Chist!».
El dictamen de los expertos pasó de mano en mano. Los esgrimidores habían demostrado mucha energía y jugado de manera un tanto descuidada.
La primera parte del espectáculo concluyó con un muy buen asalto entre Jacques Rival y el célebre profesor belga, Lebegue.
Rival agradó mucho a las damas. Era en verdad un muchacho apuesto, bien hecho, flexible, ágil y más elegante que cualquiera de los que le habían precedido. Aportaba, incluso en su manera de ponerse en guardia y de estocada, cierta elegancia a la moda que gustaba a la gente, y contrastaba con el estilo enérgico, pero más corriente, de su adversario.
«Se nota al hombre bien educado de inmediato», fue el comentario.
Marcó el último tanto y fue aplaudido.