Luego hablaron de la próxima sesión.
Laroche-Mathieu empezó a soltar su discurso, ensayando las frases que iba a derramar sobre sus colegas unas horas más tarde.
Agitaba la mano derecha, levantando ya el cuchillo, ya el tenedor, ya un trozo de pan, y sin mirar a nadie, dirigiéndose a la asamblea invisible, exhalaba su suave elocuencia, la elocuencia de un tipo apuesto y currutaco.
Un bigote diminuto y retorcido se encrespaba en sus dos extremidades sobre su labio como colas de alacrán, y su cabello, ungido con brillantina y con raya al medio, lucía abullonado a la altura de las sienes, a la manera de un donjuán de provincia.
Estaba un poco demasiado corpulento, abotargado, aunque aún joven, y su estómago tensaba el chaleco.
El secretario privado comía y bebía tranquilamente, sin duda acostumbrado a aquellos torrentes de locuacidad; pero Du Roy, a quien la envidia del éxito alcanzado hería en lo más hondo, pensó:
«Sigue parlando, pesado. Qué idiotas son estos bufones políticos».
Y comparando su propio mérito con la frívola importancia del ministro, se dijo: «¡Caramba! ¡Si tuviera tan solo cien mil francos libres para presentarme como candidato en mi tierra, cerca de Rouen, y darles su propio caldo con hueso a mis estúpidos paisanos de Normandía, qué hombre de estado haría yo junto a estos canallas miopes!».
El señor Laroche-Mathieu siguió farfullando hasta que se sirvió el café; después, viendo que se le hacía tarde, mandó llamar a su carruaje y, tendiéndole la mano al periodista, dijo:
—¿Lo comprende perfectamente, querido amigo?