propósitos. Luego le asaltó un fuerte anhelo de amor. Le parecía que habían pasado varios años desde la última vez que había estrechado a una mujer entre sus brazos y, como el marinero que enloquece al ver tierra, cada falda que pasaba le hacía temblar. Así pues, una noche fue a las Folies Bergère con la esperanza de encontrar a Rachel. Y de hecho la avistó nada más entrar, pues apenas iba a otra parte, y se le acercó sonriente y con la mano tendida. Pero ella se limitó a mirarlo de arriba a abajo diciéndole: "¿Qué quieres de mí?".
Intentó quitarle importancia riendo y diciendo: «Vamos, no te pongas estirada».
Ella dio media vuelta y dijo: