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VII

Pero el estuche de las pistolas molestaba a todo el mundo, sobre todo a Duroy, que habría preferido no tenerlo a la vista. Intentaron colocarlo en el respaldo del asiento y les lastimaba la espalda; lo pusieron en vertical entre Rival y Boisrenard, y no paraba de caerse. Terminaron por meterlo bajo los pies. La conversación decayó, a pesar de que el doctor contó algunas anécdotas. Solo Rival le respondió. A Duroy le habría gustado dar muestras de presencia de ánimo, pero temía perder el hilo de sus pensamientos, dejar ver la zozobra de su espíritu, y le perseguía también el molesto miedo de empezar a temblar.

El coche se encontró pronto en pleno campo. Serían las nueve. Era una de esas gélidas mañanas de invierno en las que todo es tan brillante y quebradizo como el cristal. Los árboles, cubiertos de escarcha, parecían haber estado

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