Tal como lo había prometido, fue a dar la mano a sus antiguos colegas, quienes apenas se atrevían a dirigirle la palabra, por miedo a comprometerse, pues habían oído su conversación con el jefe, ya que la puerta se había quedado abierta.
Se encontró de nuevo en la calle, con el sueldo en el bolsillo. Se invitó a un desayuno sustancioso en un restaurante bueno pero barato que conocía, y tras comprar de nuevo la Vie Française, dejándola sobre la mesa, entró en varias tiendas, donde adquirió algunas naderías, únicamente con el pretexto de encargar que se las mandasen a casa y dar su nombre: «George Duroy», añadiendo: «Soy el redactor de la Vie Française».
Luego dio el nombre de la calle y el número, cuidando de añadir:
«Déjelo con el portero».
Como aún le sobraba algo de tiempo, entró en el establecimiento de un litógrafo que confeccionaba tarjetas de visita al instante y ante los ojos de los transeúntes, y se hizo imprimir cien ejemplares, con su nueva ocupación bajo su nombre, mientras esperaba.
Luego fue a la oficina del periódico.
Forestier lo recibió con altivez, tal como se recibe a un subordinado.
«Ah, ya estás aquí. Bien. Tengo varias cosas de las que debes ocuparte. Espera solo diez minutos. Enseguida termino lo que estoy haciendo».
Y continuó con una carta que estaba escribiendo.
En el otro extremo de la gran mesa, un hombre pequeño, gordo y calvo, de rostro muy pálido y abotargado, y cabeza blanca y brillante, escribía con la nariz pegada al papel debido a su extrema miopía. Forestier le dijo: