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IX

La noticia pronto se supo. Unos quedaron asombrados, otros afirmaron que ya lo habían previsto; otros, de nuevo, sonrieron y dieron a entender que no estaban sorprendidos.

El joven que ahora firmaba sus artículos descriptivos D. de Cantel, sus «Ecos» Duroy, y los artículos políticos que empezaba a escribir de vez en cuando Du Roy, pasaba la mitad de su tiempo con su prometida, quien lo trataba con una familiaridad fraternal en la que, sin embargo, entraba un amor real pero oculto, una especie de deseo disimulado como debilidad.

Ella había decidido que la boda fuera muy íntima, con la sola presencia de los testigos, y que salieran la misma tarde hacia Rouen. Irían al día siguiente a ver a los padres del periodista, y se quedarían con ellos unos días. Duroy se había esmerado en lograr que ella renunciara a este proyecto, pero al no haberlo conseguido, había acabado por ceder.

Llegado, pues, el diez de mayo, los recién casados, considerando inútil la ceremonia religiosa puesto que no habían invitado a nadie, regresaron a terminar de hacer sus maletas tras una breve visita al Ayuntamiento.

Tomaron, en la estación de Saint-Lazare, el tren de las seis, que los condujo hacia Normandía.

Apenas habían intercambiado veinte palabras hasta el momento en que se vieron solos en el vagón del tren. En cuanto se sintieron en marcha, se miraron y empezaron a reír, para ocultar cierta sensación de incomodidad que no querían mostrar.

El tren pasó lentamente por la larga estación de Batignolles y luego atravesó la llanura de aspecto deslucido que se extiende desde las fortificaciones hasta el Sena. Duroy y su mujer hacían de vez en vez algún comentario ocioso y luego volvían a mirar hacia las ventanillas. Al cruzar el puente de Asnières, una

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