Por fin, al oírla sollozar, balbuceó: > «Clo, mi pequeña Clo, escucha, déjame que te explique. No es culpa mía. Yo conocía a esa mujer, hace algún tiempo, ya
De pronto se apartó las manos de la cara y, dominada por la cólera de una mujer amorosa y falsa, una cólera furiosa que le devolvió el habla, soltó jadeante, en frases rápidas y entrecortadas:
«¡Ah!—miserable—miserable—qué canalla eres—¿es posible? ¡Qué vergüenza—Dios mío—qué vergüenza!».
Luego, enfureciéndose cada vez más a medida que sus ideas se aclaraban y se le ocurrían argumentos, continuó:
«Con mi dinero le pagaste, ¿verdad? ¡Y yo dándole dinero—para esa criatura! ¡Oh, el canalla!».
Pareció durante unos minutos buscar una expresión más fuerte que no le venía a la cabeza y, de repente, escupió, por decirlo así, las palabras:
«¡Ah!—¡cerdo—cerdo—cerdo—le pagaste con mi dinero—cerdo—cerdo!».
No se le ocurrió nada más y seguía repitiendo: «¡Cerdo, cerdo!».
De repente se asomó por la ventana y, agarrando al cochero de la manga, gritó: «¡Pare!», y abriendo la puerta, saltó afuera.
George quiso seguirla, pero ella gritó: «No voy a permitir que bajes», en un tono tan alto que los transeúntes comenzaron a arremolinarse a su alrededor, y Duroy no se movió por miedo a un escándalo. Sacó el monedero del bolsillo y buscó algo de suelta a la luz del farol del carruaje, luego, tomando dos francos con cincuenta céntimos, los puso