ya algo envejecido, de cabellos grises y con la mirada tranquila e insolente de un hombre muy rico, acudía constantemente a su memoria. Notaba que la llegada de aquel desconocido, al interrumpir un entrañable tête-à-tête, le había producido esa sensación gélida y desesperanzadora que a veces basta que provoque una palabra oída al vuelo, una minucia advertida o la más insignificante tontería. Le parecía también que aquel hombre, sin que pudiera adivinar por qué, se había disgustado al encontrarlo allí.
No tenía nada más que hacer hasta las tres, y todavía no era mediodía. Aún le quedaban seis francos con cincuenta céntimos en el bolsillo, y fue a almorzar a un Bouillon Duval. Después merodeó por el bulevar y, al dar las tres, subió por la escalera —en sí misma un anuncio— de La Vie Francaise.
Los mensajeros en espera estaban sentados con los brazos cruzados en un banco, mientras que ante una especie de escritorio un portero clasificaba la correspondencia que acababa de llegar. Todo el montaje del lugar, destinado a impresionar a los visitantes, era perfecto. Todos tenían el aspecto, el porte, la dignidad y la elegancia propios de la antesala de un gran periódico.
—¿Monsieur Walter, hace el favor? —inquirió Duroy.
—El director está ocupado, señor —respondió el portero—. ¿Quiere tomar asiento, señor? —e indicó la sala de espera, que ya estaba llena de gente.
Había hombres graves, de aspecto importante y condecorados; y hombres sin camisa visible, cuyas levitas, abotonadas hasta el cuello, llevaban sobre el pecho manchas que recordaban los contornos de continentes y mares en los mapas geográficos. Había tres mujeres entre ellos.