Una ardiente sed, la sed de una tarde de verano, lo asaltó, y se imaginó la deliciosa sensación de bebidas frías deslizándose por su paladar. Pero si tan solo bebía dos jarras de cerveza por la noche, adiós a la ligera cena del día siguiente, y conocía demasiado bien las horas de vacas flacas a finales de mes.
Se dijo a sí mismo:
«Debo resistir hasta las diez y luego me tomaré una caña en el café Americano. Caramba, qué sed tengo, sin embargo».
Y escrutaba a los hombres sentados a las mesas bebiendo, a toda esa gente que podía calmar su sed tanto como le placía. Continuó su camino, pasando frente a los cafés con un aire alegre y fanfarrón, y adivinando de un vistazo por su vestimenta y su porte cuánto dinero debía de llevar encima cada cliente.
La cólera contra aquellos hombres que estaban allí sentados tranquilamente se alzó en su interior. Si se les registraran los bolsillos, se encontraría en ellos oro, plata y calderilla. Como media, cada uno debía de tener al menos dos luises. Seguramente había un centenar por café; cien veces dos luises son cuatro francos mil.
Murmuró «los cerdos», mientras pasaba junto a ellos con paso garboso. Si hubiera podido atrapar a uno de ellos en un buen rincón oscuro, le habría torcido el cuello sin escrúpulos, como solía hacer con las aves de los aldeanos los días de campo.