moneda bajo sus dedos. En cuanto tuvo luz, se apresuró a examinarla. Era un luis. Pensó que debía de haberse vuelto loco. Le dio vueltas y más vueltas, buscando por qué milagro había podido ir a parar allí. Sin embargo, no podía haber caído del cielo en su bolsillo.
Entonces, de repente, lo adivinó, y una indignación furiosa se despertó en su interior. Su señora le había hablado de dinero que se deslizaba en el forro y que aparecía en tiempos de escasez. Era ella quien le había entregado esta limosna. ¡Qué vergonzoso! Juró:
«¡Ah! Hablaré con ella pasado mañana. Se va a divertir de lo lindo».
Y se fue a la cama, con el corazón lleno de ira y humillación.
Se despertó tarde. Tenía hambre. Intentó volverse a dormir, para no levantarse hasta las dos, y luego se dijo:
«Eso no adelantará nada. Debo acabar por encontrar algo de dinero».
Luego salió, con la esperanza de que se le ocurriera una idea en la calle. No fue así; pero en cada restaurante que pasaba, el anhelo de comer le hacía la boca agua. Como hacia el mediodía no se le había ocurrido ningún plan, de repente tomó una decisión:
«Almorzaré con los veinte francos de Clotilde. Eso no me impedirá devolvérselos mañana».
Almorzó, por tanto, por dos francos con cincuenta céntimos. Al llegar a la oficina, le dio también tres francos al mandadero, diciendo: