amor. Luego fue en busca del cajero para tratar la importante cuestión del dinero. El jefe de redacción de un periódico parisino suele disponer de un fondo con el que paga a sus redactores por las noticias, grandes o pequeñas, que estos aportan, tal como los fruteros llevan sus frutas a un comerciante. De entrada se le asignaron mil doscientos francos al mes a Duroy, quien se propuso retener una parte considerable de los mismos. El cajero, ante sus insistentes ruegos, acabó por adelantarle cuatrocientos francos. Al principio tuvo la intención de enviarle a Madame de Marelle los doscientos ochenta francos que le debía, pero casi al instante pensó que solo le quedarían ciento veinte, una cantidad totalmente insuficiente para desempeñar sus nuevas funciones de manera adecuada, por lo que pospuso esa resolución para más
Durante un par de días estuvo ocupado en instalarse, pues había heredado una mesa especial y un casillero en la gran sala que servía para todo el personal. Ocupaba un extremo de la habitación, mientras que Boisrenard, cuya cabeza, negra como la de un cuervo a pesar de su edad, estaba siempre inclinada sobre un papel, tenía el otro. La larga mesa del centro pertenecía a los empleados. Generalmente les servía para sentarse en ella, ya con las piernas colgando por los bordes, ya acurrucados como sastres en el centro. A veces, cinco o seis se sentaban así, jugando con perseverancia al balero. Duroy había acabado por tomarle el gusto a esta diversión y empezaba a volverse experto en ella, bajo la guía y gracias a los consejos de Saint-Potin. Forestier, empeorado, le había prestado su fino balero de madera de las Indias Occidentales, el último que había comprado y que encontraba un poco demasiado pesado para él, y Duroy balanceaba con brazo vigoroso la gran bola negra al extremo de su cordel, contando rápidamente para sus adentros: «Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis». Ocurrió precisamente que por primera vez ensartó la bola veinte veces seguidas, el mismo día en que iba a cenar en casa de Madame