luego, al dar su primer paso por el pasillo central, el órgano emitió una nota potente, anunciando la entrada de la novia con sonoros tonos metálicos. Avanzó con la cabeza inclinada, pero no con timidez; vagamente conmovida, bonita, encantadora, una novia en miniatura. Las mujeres sonreían ymurmuraban al verla pasar. Los hombres murmuraban: «¡Exquisita! ¡Adorable!». El señor Walter caminaba con una dignidad exagerada, algo pálido y con las gafas bien rectas sobre la nariz. Detrás de ellos, cuatro damas de honor, las cuatro vestidas de rosa y las cuatro bonitas, formaban la corte de esta reina en miniatura. Los padrinos, cuidadosamente elegidos a juego, marchaban como si hubieran sido entrenados por un maestro de ballet. La señora Walter los siguió del brazo del padre de su otro yerno, el marqués de Latour-Yvelin, de setenta y dos años. No caminaba, se arrastraba, a punto de desmayarse en cada paso al frente. Se notaba que sus pies se pegaban a las losas, que sus piernas se negaban a avanzar y que su corazón latía en su pecho como un animal que salta para escapar. Había adelgazado. Su cabello blanco hacía que su rostro pareciera aún más pálido y sus mejillas más hundidas. Miraba fijamente hacia adelante para no ver a nadie, para no recordar, tal vez, aquello que la atormentaba.
Apareció entonces Georges Duroy con una señora desconocida. Él también llevaba la cabeza erguida, sin apartar los ojos, fijos y severos bajo las cejas ligeramente fruncidas. Su bigote parecía erizarse sobre los labios. Pasaba por ser un mozo muy apuesto. Tenía un talante orgulloso, buena planta y una pierna derecha. Llevaba bien la ropa; la pequeña cinta roja de la Legión de Honor destacaba como una gota de sangre sobre su frac.
Luego llegaron los parientes, Rose con el senador Rissolin. Llevaba seis semanas casada. El conde de Latour-Yvelin acompañado por la vizcondesa de Percemur.