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VIII

hacía tan poco tiempo los había escandalizado e indignado, a ellos, que también eran mortales. Ya no hablaban, y seguían montando guardia de la manera debida sin quedarse dormidos. Pero hacia la medianoche Duroy fue el primero en quedarse dormido. Cuando se despertó vio que Madame Forestier también estaba durmiendo, y tras adoptar una postura más cómoda, volvió a cerrar los ojos, gruñendo: —Maldita sea, de todos modos se está más cómodo entre sábanas.

Un ruido repentino le hizo dar un salto. La enfermera entraba en la habitación. Era ya pleno día. La joven esposa, sentada en el sillón frente a él, parecía tan sorprendida como él mismo. Estaba algo pálida, pero aún bonita, de aspecto fresco y agradable, a pesar de aquella noche pasada en un sillón.

Luego, habiendo echado una ojeada al cadáver, Duroy se sobresaltó y exclamó: —¡Oh, su barba!

La barba había crecido en pocas horas sobre aquella carne en descomposición tanto como lo habría hecho en varios días sobre un rostro vivo. Y se quedaron allí, atemorizados por aquella vida que continuaba en la muerte, como ante algún prodigio temible, alguna amenaza sobrenatural de resurrección, uno de esos acontecimientos sorprendentes y anormales que trastornan y confunden la mente.

Ambos fueron a acostarse hasta las once. Luego colocaron a Charles en su ataúd y de inmediato se sintieron aliviados y reconfortados. Se habían sentado el uno frente al otro a la hora del almuerzo con un vivo deseo de hablar de asuntos más animados y consoladores, de volver a las cosas de la vida otra vez, ya que habían terminado con el muerto.

A través de la ventana de par en par fluía la suave calidez de la primavera, trayendo el aliento perfumado del arriate de claveles en flor frente a la puerta.

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