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XI

adivinar la plenitud de su seno bajo el encaje rubio. Nunca le había parecido tan agraciada. La encontró verdaderamente deseable. Conservaba su aire tranquilo y distinguido, un cierto empaque matronal que la hacía pasar casi desapercibida ante los ojos de los galanes. Apenas hablaba, además, salvo sobre temas conocidos, convenientes y respetables, siendo sus ideas correctas, metódicas, bien ordenadas y carentes de toda extravagancia.

Su hija, Susan, vestida de rosa, parecía un Watteau recién barnizado, mientras que su hermana mayor parecía la institutriz a quien se le había confiado el cuidado de esta niñita hecha una muñeca.

Ante la puerta de Rival había una fila de carruajes detenidos. Du Roy ofreció el brazo a Madame Walter y entraron.

El torneo de esgrima se celebraba bajo el patrocinio de las esposas de todos los senadores y diputados vinculados a la Vie Française, a beneficio de los huérfanos del sexto distrito de París. Madame Walter había prometido asistir con sus hijas, aunque rehusó el cargo de dama patronesa, pues solo prestaba su nombre a obras emprendidas por el clero. No es que fuese muy devota, pero su matrimonio con un judío la obligaba, a su parecer, a guardar una cierta actitud religiosa, y la reunión organizada por el periodista tenía una especie de cariz republicano que podía interpretarse como anticlerical.

En periódicos de todos los matices de opinión, durante las últimas tres semanas, habían aparecido párrafos tales como: > «Nuestro eminente colega, Jacques Rival, ha concebido la idea, tan ingeniosa como generosa, de organizar en beneficio de los huérfanos del VI Distrito de París un

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