Preguntó las novedades, se interesó por los Walters, por todo el personal, por el periódico. A menudo había pensado en el periódico.
—Echo mucho de menos eso —dijo—, realmente muchísimo. En el fondo me había vuelto periodista. ¿Qué le vamos a hacer, si amo la profesión?
Luego ella hizo una pausa. Él creyó comprender, creyó adivinar en su sonrisa, en el tono de su voz, en sus propias palabras una especie de invitación, y aunque se había prometido a sí mismo no precipitar los acontecimientos, balbuceó:
«Bien, entonces—¿por qué—por qué no habrías de reanudar—esta ocupación—bajo—bajo el apellido de Duroy?».
De pronto volvió a ponerse seria y, poniendo la mano en el brazo de él, murmuró: «No hablemos de eso por ahora».
Pero él adivinó que ella aceptaba, y cayendo de hrodillas comenzó a besarle apasionadamente las manos, repitiendo:
«¡Gracias, gracias; oh, cuánto te amo!»
Ella se levantó. Él hizo lo mismo, y advirtió que estaba muy pálida. Comprendió entonces que la había complacido, quizás desde hacía mucho tiempo, y al encontrarse cara a cara, la estrechó contra sí y le imprimió un beso largo, tierno y decoroso en la frente.
Cuando ella se hubo liberado, escurriéndose entre sus brazos, dijo en tono grave:
«Escucha, todavía no me he decidido a nada. Sin embargo, puede ser que sí. Pero debes prometerme el más absoluto secreto hasta que te dé permiso para hablar».