La conquista de Marruecos se había consumado dos meses antes. Francia, dueña de Tánger, dominaba toda la costa africana del Mediterráneo hasta Trípoli, y había garantizado la deuda del territorio recién anexionado.
Se decía que dos ministros se habían embolsado una veintena de millones con el asunto, y Laroche-Mathieu era nombrado casi abiertamente. En cuanto a Walter, nadie en París ignoraba el hecho de que había matado dos pájaros de un tiro, sacando treinta o cuarenta millones del empréstito y de ocho a diez millones de las minas de cobre y hierro, así como de una gran extensión de territorio comprado por casi nada antes de la conquista, y vendido tras la ocupación francesa a compañías formadas para promover la colonización.
Se había convertido en pocos días en uno de los señores de la creación, uno de esos financistas omnipotentes más poderosos que los monarcas, que hacen que las cabezas se inclinen, las bocas tartamudeen y que todo lo que hay de vil, cobarde y envidioso aflore de las profundidades del corazón humano.
Ya no era el judío Walter, director de un banco turbio, gerente de un periódico sospechoso, diputado investigado por chanchullos ilícitos. Era el señor Walter, el acaudalado israelita.
Deseaba lucirse. Consciente de los apuros económicos del príncipe de Carlsbourg, propietario de uno de los mejores palacetes de la Rue du Faubourg Saint-Honoré, con jardín que daba a los Campos Elíseos, le propuso comprar la casa y los muebles, sin mover un solo alfiler, en veinticuatro horas. Ofreció tres millones, y el príncipe, tentado por la cifra, aceptó.